đŸ‡ŹđŸ‡· Grecia respira entre las cenizas 🚒 a causa de los incendios đŸ”„

La “catĂĄstrofe” estĂĄ en boca de todos los griegos. El incendio con epicentro en Mati es ya el segundo mĂĄs mortĂ­fero del planeta en lo que llevamos de siglo. Doroteos, el pope del lugar, maneja datos aĂșn mĂĄs lacerantes que los del Gobierno: “SĂłlo en mi parroquia hay ochenta y seis muertos”. A los que hay que sumar setenta hos­pitalizados –once muy graves– y “muchos desaparecidos”. Por lo menos cuarenta. Por todo ello, un gran despliegue de protecciĂłn civil seguĂ­a ­rastreando ayer, una a una, las cerca de tres mil casas total o parcialmente quemadas. Muchas de ellas, segundas residencias de atenienses. En grupos de diez y con cascos de espeleĂłlogo, se les veĂ­a ayer entrar en chalets ennegre­cidos y a menudo sin techo. A mediodĂ­a, sin novedad. 

El fuego estĂĄ extinguido, pero desde Rafina hasta Nea Makri, las partĂ­culas de hollĂ­n irritan la ­nariz en poco rato. Mati queda justo en medio y el hotel del ­mismo nombre es de los pocos que ha permanecido abierto. Y Fred, “sastre en Savile Row”, es de los pocos turistas que tampoco piensan cambiar de planes. El lunes, reciĂ©n aterrizado en la piscina, comentaba “el calorcillo” a su esposa, cuando alzĂł la vista y vio el horizonte en llamas. Tras subir “a recoger pasaporte y tarjetas”, bajĂł hasta la orilla, a un tiro de piedra. “Al cabo de poco explotaban coches y bombonas”. Los hidroaviones y el helicĂłptero –que ayer seguĂ­a rociando las lomas– los salvaron “del caos”, opina. 

“Tuve que estar en el agua desde las seis de la tarde a las tres de la madrugada”

Hasta bien entrada la noche del martes, prĂĄcticamente las Ășnicas luces en la zona –evacuada y mĂĄs o menos precintada– eran las de protecciĂłn civil, bomberos y grĂșas, retirando cientos de coches calcinados. A quien tampoco sacan del hotel es a una septuagenaria flamenca de cabello rapado, Josianne, que dice llevar “veintisiete años” frecuentĂĄndolo. “Tuve que estar en el agua desde las seis de la tarde hasta las tres de la madrugada”, suspira. “Vi una mujer herida y tambiĂ©n a un niño con quemaduras graves, al que evacuaron con el primer barco, pero no muertos”. 

El caso es que los fallecidos fueron, precisamente, aquellos que no lograron alcanzar la orilla, a veces por el propio embotellamiento producto del pĂĄnico o por los acantilados. Aquel mar agitado era ayer un lago, sin ninguna embarcaciĂłn y sin bañistas. En tierra, Kalodikis –que trabaja en una empresa de logĂ­stica– y sus padres llevan dos dĂ­as durmiendo en el coche porque el albergue municipal no admite perros. Su familia –y el can– no tienen otro domicilio que el que asoma calcinado en una de las calles peor paradas. “Nunca habĂ­a visto un viento así”, recuerda Kalodikis. “Por la radio, el alcalde decĂ­a que soplaba en una direcciĂłn sin riesgo, pero cuando volvĂ­ de trabajar vi que no era asĂ­. ForcĂ© a mis padres a coger el coche y a tres vecinas ancianas las metĂ­ en otro. Creo que las salvĂ©, porque en cinco minutos llegaron las llamas y ardiĂł todo”. Y añade: “Luego logrĂ© burlar a la policĂ­a, volver de madrugada y abrir la puerta de casa, pero la temperatura era tan alta que solo pude dar tres pasos”. 

 Fuente: La Vanguardia