ūüá¨ūüá∑ Grecia respira entre las cenizas ūüöí a causa de los incendios ūüĒ•

La ‚Äúcat√°strofe‚ÄĚ est√° en boca de todos los griegos. El incendio con epicentro en Mati es ya el segundo m√°s mort√≠fero del planeta en lo que llevamos de siglo. Doroteos, el pope del lugar, maneja datos a√ļn m√°s lacerantes que los del Gobierno: ‚ÄúS√≥lo en mi parroquia hay ochenta y seis muertos‚ÄĚ. A los que hay que sumar setenta hos¬≠pitalizados ‚Äďonce muy graves‚Äď y ‚Äúmuchos desaparecidos‚ÄĚ. Por lo menos cuarenta. Por todo ello, un gran despliegue de protecci√≥n civil segu√≠a ¬≠rastreando ayer, una a una, las cerca de tres mil casas total o parcialmente quemadas. Muchas de ellas, segundas residencias de atenienses. En grupos de diez y con cascos de espele√≥logo, se les ve√≠a ayer entrar en chalets ennegre¬≠cidos y a menudo sin techo. A mediod√≠a, sin novedad.¬†

El fuego est√° extinguido, pero desde Rafina hasta Nea Makri, las part√≠culas de holl√≠n irritan la ¬≠nariz en poco rato. Mati queda justo en medio y el hotel del ¬≠mismo nombre es de los pocos que ha permanecido abierto. Y Fred, ‚Äúsastre en Savile Row‚ÄĚ, es de los pocos turistas que tampoco piensan cambiar de planes. El lunes, reci√©n aterrizado en la piscina, comentaba ‚Äúel calorcillo‚ÄĚ a su esposa, cuando alz√≥ la vista y vio el horizonte en llamas. Tras subir ‚Äúa recoger pasaporte y tarjetas‚ÄĚ, baj√≥ hasta la orilla, a un tiro de piedra. ‚ÄúAl cabo de poco explotaban coches y bombonas‚ÄĚ. Los hidroaviones y el helic√≥ptero ‚Äďque ayer segu√≠a rociando las lomas‚Äď los salvaron ‚Äúdel caos‚ÄĚ, opina.¬†

‚ÄúTuve que estar en el agua desde las seis de la tarde a las tres de la madrugada‚ÄĚ

Hasta bien entrada la noche del martes, pr√°cticamente las √ļnicas luces en la zona ‚Äďevacuada y m√°s o menos precintada‚Äď eran las de protecci√≥n civil, bomberos y gr√ļas, retirando cientos de coches calcinados. A quien tampoco sacan del hotel es a una septuagenaria flamenca de cabello rapado, Josianne, que dice llevar ‚Äúveintisiete a√Īos‚ÄĚ frecuent√°ndolo. ‚ÄúTuve que estar en el agua desde las seis de la tarde hasta las tres de la madrugada‚ÄĚ, suspira. ‚ÄúVi una mujer herida y tambi√©n a un ni√Īo con quemaduras graves, al que evacuaron con el primer barco, pero no muertos‚ÄĚ.¬†

El caso es que los fallecidos fueron, precisamente, aquellos que no lograron alcanzar la orilla, a veces por el propio embotellamiento producto del p√°nico o por los acantilados. Aquel mar agitado era ayer un lago, sin ninguna embarcaci√≥n y sin ba√Īistas. En tierra, Kalodikis ‚Äďque trabaja en una empresa de log√≠stica‚Äď y sus padres llevan dos d√≠as durmiendo en el coche porque el albergue municipal no admite perros. Su familia ‚Äďy el can‚Äď no tienen otro domicilio que el que asoma calcinado en una de las calles peor paradas. ‚ÄúNunca hab√≠a visto un viento as√≠‚ÄĚ, recuerda Kalodikis. ‚ÄúPor la radio, el alcalde dec√≠a que soplaba en una direcci√≥n sin riesgo, pero cuando volv√≠ de trabajar vi que no era as√≠. Forc√© a mis padres a coger el coche y a tres vecinas ancianas las met√≠ en otro. Creo que las salv√©, porque en cinco minutos llegaron las llamas y ardi√≥ todo‚ÄĚ. Y a√Īade: ‚ÄúLuego logr√© burlar a la polic√≠a, volver de madrugada y abrir la puerta de casa, pero la temperatura era tan alta que solo pude dar tres pasos‚ÄĚ.¬†

 Fuente: La Vanguardia